Filosofía vital

Todo depende del hombre
Víktor Emil Frankl



La filosofía es una terapia
Ludwig Wittgenstein


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Esta defensa no es un ataque. Jamás he creído que la mejor defensa sea el ataque, aunque la defensa deba estar enmarcada en la acción. En este caso en la acción de la palabra. 

Para una verdadera reflexión filosófica debe el sujeto sentarse en su soledad, o bien, en el silencio de los demás, que es casi lo mismo. Pero después de precipitarse en la búsqueda, que la palabra se anime y convoque a la acción, que se aproxime a la escritura o al discurso, que vivifique el pensamiento que va y viene como un péndulo que nos muestra la naturaleza de las cosas, para que hablen, porque las cosas por sí mismas nada dicen.

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El hombre como ser, es decir, luego de dejar su primer estado de naturaleza, accede al lenguaje; accede al rito, a la magia, al canto, a la danza, a la manifestación mítica y a la fiesta. Luego, y como un ser que se separa del vientre del mundo, se afirma en la significación que la palabra elabora para que él pueda establecer su íntima relación con la realidad. Esta relación está instaurada por el lenguaje, por la palabra, y es ésta la que propicia puentes de acercamiento y distanciamiento, porque el hombre también se separa de la realidad para crear otra realidad que se conjugue con ésta. Crea entonces el mundo de lo real, de lo íntimo mismo que yace en su interior y allí acoge su ser. 

Este ser está fundado en la palabra: en la acción creadora y transformadora, en la acción purificadora y conciliadora, y al mismo tiempo en la acción mimética y eclipsada de la palabra. Por esto el desentrañamiento del mundo en el desentrañamiento de la palabra. De su estado polivalente y metafórico que se une al sentido de las cosas. El hombre es un ser de palabras y esto ya nos lo dijo Octavio Paz. Es un ser de acción verbal y de representación. Pero también de silencio. Mas no únicamente de silencio soterrado e ignorante, sino de silencio aguerrido, de la fuerza y la sabiduría de su presencia. 

El hombre habla y al habla le dedica la manifestación del mundo, y claro, su ocultamiento; porque hablar es clarificar y también anudar, enlaberintarse. Quizá por esto Wittgenstein decía que la claridad no es suficiente y, además, que de lo que no se sabe es mejor callar. Esto es, el hablar no sólo implica la claridad, la comprensión, sino que exige conocimiento. Y ese conocimiento funda el habla que a su vez funda el mundo. En palabras heideggerianas, la palabra crea la acción del hombre y de allí la apertura de la tierra y el levantamiento del mundo, lo que llamamos experiencia de mundo; porque la experiencia es conocimiento. Por esto el mundo que se nos revela una y otra vez en su involuntario ofrecimiento, es el único mundo posible en su multiplicidad y su permanencia: en su inmanencia y trascendencia interactuantes que producen camino, visión, espíritu. 

Pero volvamos a la claridad del habla, al lenguaje y a la comprensión: Gadamer ya nos decía que hablar es hablar a alguien y que esto implica la comprensión, la intervención común: el campo de acción que los hablantes anteponen al acto del habla. Pero hablar claramente supone establecer casi una literalidad: la metáfora no nos acompaña en el momento de la comprensión unívoca, de ahí que el lenguaje sea equívoco; entonces, ¿cómo comunicarse? ¿Será posible dicho comunicarse? ¿Alcanzaremos la comprensión del habla? Tal parece que la palabra definitiva nos aleja de la pluralidad. Por esto es recomendable en muchos casos andarse con rodeos, repetir, interpretar y sobreinterpretar para vislumbrar así los posibles significados, los posibles sentidos. En palabras nitzscheanas, acceder a la rumia.

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El filósofo que pretenda activar la “curación” por la palabra, debe acceder a la experiencia del otro. Revivir esa experiencia y caminar de ida y vuelta una y otra vez por los lugares que esa experiencia plantea. Debe recorrer al otro en sí mismo y devolver al otro su propia participación del mundo, hacerlo consciente de su propio conocimiento. Invitarlo al autodescubrimiento, a la autocomprensión. Al rodeo, a la rumia de su propia experiencia, para así devolverle la función de hombre que se relaciona con la realidad a pesar de construir el mundo real de la intimidad y habitarlo. Porque el mundo no está por fuera pero tampoco definitivamente por dentro. 

El filósofo que acentúa su tarea como terapeuta debe activar su humanidad, esa que nos pertenece a cada uno de los hombres vivientes. Debe activar su libertad, y por ende la responsabilidad. Pero esto después de aceptar la conciencia y el submundo de la conciencia que con la experiencia del mundo lo advierte y lo revela. Para esto está la palabra, su vocación. Es decir la manifestación poética de lo que acontece. No una manifestación que ingresa en la imagen, sino que también en el pensamiento; una manifestación que nos permite el diálogo con el origen y, por lo tanto, con los estados primeros de lo que llamamos nuestra propia naturaleza: la naturaleza humana. 

También es necesario el símbolo, su interpretación. La situación conciliadora de lo mítico que engendra el movimiento de lo sagrado en la escritura de lo que permanece oculto, en el carácter subterráneo de nuestra historia. Porque lo sagrado al revelarse se funde en su propio cuerpo. De ahí que al revelar al hombre su humanidad, el filósofo engendre lo sagrado. Por eso repito con Wittgenstein que la filosofía no es teoría, sino actividad, o al menos más movimiento y transformación que texto sistémico. 

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Digamos ahora que lo que le interesa al filósofo no es el diagnóstico de cierto tipo de patologías, ni la puntualización de las acciones erráticas que se desprenden de la neurosis que todos en algún nivel poseemos. No, el filósofo sólo es un puente, un medio que interactúa con la visión endógena de la persona que lo visita. Es presencia que otorga y abarca en el momento mismo en que el hombre expresa y comunica su mundo. Otorga ese silencio del que se empinan la contemplación y la comprensión y por eso abarca lo expresado procurando caminos, alternativas para que el otro señale e interprete su razón de ser en el ámbito de lo humano. De ahí que la hermenéutica ofrezca un soporte para el filósofo que se arriesga a la Terapia Dialógica, a la “curación” por la palabra. La hermenéutica filosófica y la simbólica, entrelazadas con la conciencia poética para desarrollar así una voluntad de crear que apunte a una apertura de los horizontes de la persona que visita el Consultorio Filosófico. 

El filósofo no busca curar ni solucionar ni salvar. El filósofo sólo se ofrece para desentrañar el conocimiento del mundo y sus cosas y procurar así un punto de apoyo que después de ser observado debe ser abandonado para asegurar la propia comprensión de lo que acontece. El filósofo debe cuidarse de orientar y de dar consejos, debe evitar las preguntas que conducen a su propia verdad, es para descifrar su propio mundo que el otro llega donde el filósofo. El filósofo terapeuta es un traductor de las manifestaciones del mundo y por lo tanto es singular y complejo y ve en el otro un mundo singular y complejo. Por eso no lo espera con circunstancias a priori, ni opera de antemano en tests que naufragan en el momento de acercarse a la razón íntima del pensamiento. 

Su campo de acción es el conocimiento; es decir, el alma. El filósofo que atiende a la Terapia Dialógica acentúa su experiencia del lenguaje, su actividad conciliadora y al tiempo la función entrópica de su propósito. El filósofo escucha lo que nadie quiere decir y dice lo que nadie quiere escuchar. El filósofo es espíritu que habita el mundo, es lo real mismo advertido en lo recóndito de nuestro pensamiento.

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