Nietzsche y la destrucción de la metafísica.
I
Nietzsche nos recuerda el carácter efímero y arbitrario del
conocimiento, y lo hace ver como un acontecimiento azaroso sin providencia
alguna. Sin embargo, el hombre ha creído que su conocimiento, corresponde
objetivamente al sentido único que la existencia ha creado para él. Pero el
conocimiento, dice Nietzsche, no es más que un añadido, un instrumento que
sirve al hombre para mantenerse en la existencia. El conocimiento no
corresponde objetivamente a nada, es más bien, un arte de hacer pactos y
convenciones, que se oculta bajo el velo del impulso sincero hacia la verdad.
Es, en última instancia, una ficción pero que, desde luego, tiene implicaciones
en la vida de los hombres, pues, determina su modo de estar en el mundo. El
conocimiento no es más que la interpretación de una realidad que nos es dada,
quizá en la sensibilidad, es el modo en que jerarquizamos y organizamos nuestra
comprensión del mundo, así como nuestras prácticas sociales, desde un supuesto
centro que es el hombre.
Es el lenguaje el que nos
permite la interpretación y ordenación de aquella realidad caótica, porque con
el lenguaje, podemos decir lo que son las cosas y lo que está o no prohibido,
dice Nietzsche: el poder legislativo del lenguaje constituye las primeras leyes de
verdad. Pero el lenguaje no es más que una cadena de palabras y una
palabra es sólo una excitación nerviosa. ¿Cómo podemos entonces, estar seguros
que lo que decimos corresponde objetivamente a una realidad? Parece en efecto
imposible, como ya Gorgias lo había dicho, poner en el mismo plano un objeto
real y la representación oral o escrita que nosotros hacemos de él. La palabra
es siempre una traición ante la realidad, porque le pone límites, la define
arbitrariamente. Los límites fijados por el hombre son la marca de su finitud,
éste no puede acceder a la realidad llana y concretamente y por tanto, no puede
aprehender a los objetos en su infinitud, se ve entonces obligado a poner
límites y a falsear la naturaleza primitiva de las cosas, si es
que hay tal.
La palabra no es pues, la
representación de una realidad, sino una elección injustificada y arbitraria.
Nietzsche da cuenta del carácter subjetivo de nuestro conocimiento, pero a
diferencia de Kant, él no reduce todo este conocimiento a ciertos elementos a priori, a algo
conocido de antemano; se trata, más bien, de un acontecimiento azaroso y una
arbitrariedad que se hace patente al observar las distintas lenguas y las
distintas culturas.
II
La frase de Nietzsche “Dios ha muerto”, no sólo significa la
falta de fe o la postura atea de algunas personas, significa también, y sobre
todo, la destrucción de la metafísica occidental, aquella que valoró el mundo
suprasensible como lo único verdaderamente real.
Si Dios es la instancia suprasensible que sostiene y garantiza
la verdad de todo, al morir, deja en su lugar una nada infinita; Pregunta el
loco de Nietzsche: “¿No erramos a través de una nada infinita? Con la muerte de
Dios la jerarquía ontológica del mundo desaparece, de modo que, la existencia
del hombre no tiene donde asirse ni a donde dirigirse, “no hay un arriba ni un
abajo”.
Al morir Dios, el hombre se
ve enfrentado con la nada, no encuentra concepto
que lo determine ni algo que guíe su existir,
pues no hay nada, en absoluto, que lo determine, sólo él, ante la infinita
nada, podrá tratar de determinarse; pero el hombre es esencialmente nada y, por
eso, le es imposible determinarse de una vez para siempre, tendrá que darse en
su existir su propio contenido, es decir, tendrá que vivir eligiendo, ante y
desde la nada, su posibilidad de ser. Con la muerte de Dios el existir se
vuelve un devenir, porque ya no se tiene fe en la propia salvación ni certeza
de la autoconsciencia, es decir, ya no se está cierto de la propia permanencia
en la infinitud
La nada puede entenderse en
un sentido negativo, como completa negación del ser, pero también puede, y así
pienso es el sentido de Nietzsche, entenderse como la infinita posibilidad de
ser. El hombre existe así, creándose a sí mismo en cada ocasión, sin ninguna
meta, sin ningún fin trascendente, sólo por la voluntad de vivir, pues al morir
Dios, ya no existen fines que se hallen más allá del vivir. La muerte de Dios
significa la muerte de los valores supremos, lo cual no significa decadencia,
sino transvaloración, es decir una inversión en la manera y modo
de valorar. Es valorar más lo terrenal, lo sensible, donde se realiza
efectivamente el existir.
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